Enrique Alfaro Ramírez, ex gobernador de Jalisco entre 2018 y 2024, encarna de libreto al gobernante de tintes populistas de nuestra era: polémico, rijoso, desfacedor de entuertos imaginados, como se diría a propósito de don Quijote -se suplica perdón por un símil donde se obvia la buena fe del caballero andante-, y de conjuras imaginarias, como las que enfrentaba con fingido heroísmo Tartarín de Tarascón, el protagonista de una famosa trilogía de Alphonse Daudet que no quería mentir, pero no podía evitar al menos exagerar ante el influjo mágico del hermoso sol de Provenza.

Intolerante a la crítica -que siempre vio como parte de esas aviesas confabulaciones contra su mandato redentor-, en los momentos culminantes del relato que inventó con ayuda de sus asesores de imagen -esas todopoderosas agencias de propaganda que crecieron a expensas de carretadas de presupuesto público desde sus años como alcalde de Tlajomulco- es inevitable señalar en los gestos y las declaraciones del ex priista y ex perredista (al final, mandamás de Movimiento Ciudadano… sin militancia en el partido), matices que son entre lopezobradoristas, trumpistas y bolsonaristas, en alusión a tres de los líderes nacionales que han caracterizado una época de retroceso de instituciones y contrapesos democráticos a nivel global. Enrique Alfaro ha sido, pues, un hombre de nuestro tiempo.

Pero en esta serie que arrancamos hoy en Territorio Reportaje no buscamos hacer un balance general de sus seis años en Casa Jalisco, sino tan solo, analizar lo que se hizo, lo que se prometió y lo que se logró en uno de los aspectos más delicados de la gestión pública: el acceso al agua de la segunda mayor conurbación del país y la tercera por producto interno bruto: la capital del estado, Guadalajara. Bajo la premisa de que esto retrata bien las características que acabamos de describir.

Es inevitable señalar las contradicciones, los cambios de discurso, la infidelidad a viejos aliados electorales, el recurso recurrente a descalificar a los que lo cuestionaban en el tema y a apropiarse de agendas antes condenadas en la narrativa oficial, y sobre todo, a reescribir el pasado. En estediscurso, encontramos buena parte de los elementos de posverdad y de datos engañosos que el hombre fuerte de Jalisco quiso imponer en el tema.

A lo largo de estos programas vamos a desmenuzarlo y aventurar en qué medida apuntan a datos ciertos, en qué medida son exageraciones y generalizaciones, en qué medida se trata de imposturas. Es imposible no aludir a la propensión en el discurso de este dirigente político a señalar que sin él, no se habría resuelto nada. Y a subrayar casi cualquier cosa de sus actos públicos como inmersos en días históricos. Con el debido matiz -se trata de una tendencia discursiva muy común en el populismo contemporáneo de todas las tendencias políticas e ideológicas y de todos los grados de captura de lo público y de autoritarismo que implica el modelo- la exageración en el relato no es nueva. La inventaron los demagogos de un pasado no tan remoto:

“…considera histórico cualquier discurso pronunciado por el Führer, aunque diga cien veces lo mismo; es histórica cualquier reunión del Führer con el Duce, aunque no altere la situación; es histórica la inauguración de una autopista, y se inaugura cada carretera y cada tramo de carretera; es histórica cada fiesta de acción de gracias por la cosecha, es histórico cada congreso del partido, es histórico cualquier día de fiesta de cualquier tipo. Y, como el Tercer Reich solo consiste en días de fiesta -podría decirse que estaba enfermo de ausencia de días normales, mortalmente enfermo, así como un cuerpo
puede estar enfermo por falta de sal-, considera históricos todos sus días”, decía Víctor Klemperer, un judío sobreviviente y testigo de primera mano del totalitarismo nazi en su famoso La lengua del Tercer Reich, apuntes de un filólogo, que vio la luz en 1947.

Alfaro Ramírez habla de “la satisfacción del deber cumplido”, al presumir la obra de El Zapotillo, que ciertamente pudo ser la solución para el abasto de Guadalajara a largo plazo, si el mandatario hubiera aprendido a negociar con el movimiento social que se oponía a la entrega de agua a León, Guanajuato. Había condiciones para que los alteños menos extremistas aceptaran una presa de más de 65 metros de altura que hubiera aportado más de 100 millones de m³ de capacidad para el sistema. Pero ganaron los radicales, que se desquitaron del gobernador, que primero los usó como escalón electoral para las elección de 2018, y después les dio la espalda para favorecer un acuerdo con Guanajuato que condenaba a los tres pueblos en resistencia -Temacapulín, Cacasico y Palmarejo- a desaparecer bajo las aguas. El resultado fue una presa de 45 metros de altura (se abrieron ventanas en la cortina para impedir que el agua subiera a los 80 metros edificados desde 2015) con apenas más de la mitad de la capacidad de las otras dos presas del sistema, Calderón y El Salto, con un costoso bombeo desde el río Verde y un flujo de agua inconstante. No hay a la fecha un estudio hidrológico público que demuestre que ese embalse puede dar dos metros cúbicos por segundo, pero el gobernador celebró esta nueva infraestructura que ha generado el agua más cara (contra el presupuesto allí enterrado y el escaso flujo obtenido) probablemente de la historia del país.

La pregunta es, ¿de verdad ha resuelto el área metropolitana de Guadalajara sus necesidades de agua a medio siglo? ¿Dejó el gobierno de Enrique Alfaro el problema resuelto o hay que hacer considerables inversiones para hacerlo realidad, lo que implicaría que su gobierno solo puso algunos eslabones más, como todos sus antecesores? ¿Qué hay con la salud del organismo operador, el SIAPA, con la calidad del agua que se recibe en los domicilios, con los famosos “nidos de agua”, con el agua tratada para reuso? Como dicen que dijo Jack el destripador: vamos por partes.